Se dice que el amor es como el mar, se ve el principio pero no el final... Él, por el contrario, era de la opinión de que lo mejor era imaginar el final y sobre él ir diseñando el comienzo. No necesariamente en cuestiones de amor, claro.
Tenía ganas de verle, estar con él era como trasladarse a lo bohemio, alejarse de la sociedad y ver el mundo a través de los ojos de un artista un tanto ermitaño, pero tan inspirador que puedes sacar una obra maestra solamente con un vaso y una servilleta.
- Un café por favor. Y...
- Chocolate, gracias.
Bebimos rápido, o al menos eso me pareció. La conversación tomaba forma y se alejaba de aquellas otras muchas anteriores tan banales como la antigua Yo. Pero esta vez no. Habían pasado casi dos años, y tras muchos reajustes, mi vida y mi mente habían dado un giro de al menos 120º.
- Me recuerdas a un cacahuete.
- ¿Porque me he creado una capa dura debajo de otra más fina y sensible?
- No. Porque eres pequeña y tu memoria no da para mucho.
No pude evitar reírme ante tal invención. Tenía razón. Yo le veía como un huevo Kinder... Nunca sé qué lleva en su interior, pero siempre es agradable compartir la cubierta e ir descubriendole poco a poco.
A tí Gro, por hacerme pensar y volver a escribir. Gracias.
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