- Porque cada vez que le veo ardo por besarle, porque cuando le beso toco el cielo sin pensarlo, porque cuando me acaricia me vuelvo de goma, porque cuando me toca me vuelvo loca, desenfrenada y ardo sobre mis propias cenizas...
- ¿Y de qué tienes miedo?
- De que su llama se apague...
***
Y entonces me besó. Mis labios rozaron los suyos en una caricia suave, controlada. Incluso en aquel momento, no pude evitar analizar la situación y maravillarme ante el temblor que me había tensado la piel, pensar qué pasaba desde que nuestros labios se tocaron hasta que abrí los ojos.
Volvió a posar sus labios en los míos, pero esta vez el beso fue muy distinto. Fue un beso que valía por seis años, un larguísimo instante en el que sus labios cobraron vida bajo los míos y saboreé en ellos el deseo. Sus dedos se enredaron en mi pelo y luego se anudaron en mi nuca, vivos y frescos sobre mi piel tibia. Me sentí salvaje, hecha jirones y completa al mismo tiempo. Por primera vez en mi existencia, mi mente no se separó de mis sentidos, no se puso a componer la letra de una canción o a memorizar la situación para reflexionar más tarde sobre ella. Por una vez en mi vida, estaba allí, solo allí, viviendo el momento, que era mio, nuestro, mágico...
No hay comentarios:
Publicar un comentario