Sí.
Me di cuenta que Fabiola y yo habíamos pasado toda una infancia juntas. Ahora permanecíamos en silencio la una al lado de la otra sin saber muy bien qué decir o qué preguntar. Habían pasado cinco años, y se notaba. Teníamos la relación perfecta, vivíamos al lado y nos queríamos y nos apoyábamos. Maldito el día en que nos separó un tío.
Lejos de aquella parada de autobús se encontraban chateando Cristal y Roxane. Fueron mis mejores amigas, la primera durante tres años y la segunda toda la vida. En esos años Cristal fue mi debilidad, mi parte oscura, y Roxane mi fortaleza, las dos caras de mi moneda. Les debo mucho, aprendí que soy más fuerte de lo que pensaba.
Ellas hablaban de que podrían verse después de dos años de ausencia. Ojalá Cristal haya madurado, cosa que, en mi opinión, seguirá siendo insuficiente.
También les debía mucho a Alexa y Samantha. Ellas fueron mis compañeras de juegos las tardes de verano en el colegio. Annie, por otro lado, fue mi confidente más abierta y sincera. Llevaba tiempo también sin saber de ellas...
Al llegar a casa aún seguían revoloteando por mi memoria aquellos momentos con unas y otras. Las echaba de menos. El tiempo no perdona, y ya nos habíamos hecho mayores. Cambiamos los juegos de críos por juegos de mayores. Ahora la moda era tomar café o cerveza en ese garito cerca del campus, contar que nota media teníamos y con quién nos habíamos liado.
Entré en la red y para mi sorpresa alguien había organizado una quedada de antiguas alumnas del colegio. ¿El plan? Una de cine con una compañera, la pobre, discapacitada. No pude evitar preguntarme qué sensación tendría al volver a ver esas caras. A Roxane intentaba verla cada vez que podía, a Alexa me la encontraba en el metro de camino al centro, a Fabiola esta era la primera vez que la veía en años, pero a las demás me parecía que había pasado un siglo.
Es curioso como jugamos con nosotros mismos; a veces nos quejamos de que debe haber alguien o algo ahí arriba que mueve nuestros hilos, pero ¿Y si solo pretende guiarnos por el camino correcto? ¿Y si en realidad no tenemos hilos, sino que simplemente necesitamos sentirnos atados en corto, por si acaso...?
Lo que está claro es que cada cual toma sus propias decisiones. Para bien, o para mal, y hemos de ser responsables con nuestros actos y posteriores consecuencias.
Pero yo me negaba en rotundo. Si era Dios, yo misma, o el destino, no lo tenía del todo claro. Lo que sí sabía era que no estaba conforme con el rumbo que había tomado la cosa. Aún así no me sentía con demasiados ánimos como para cambiarlo...
Finalmente, tras escribir un par de entradas en el tablón, dejé caer mi cuerpo sobre la vieja alfombra azul de mi cuarto. A todo esto, mi cabeza se golpeó con una caja que sobresalía por debajo de la cama.
Era mi caja.
La tapadera sobresalía por los bordes de lo llena que estaba. Ya apenas recordaba qué demonios metí ahí. La abrí con cuidado para no llevarme alguna sorpresa de ultima hora; era frecuente en mí meter cualquier cosa emocionalmente dañina y dejarla ahí atrapada, anestesiándola en forma de recuerdo. Pero ya nada me hacía efecto, ni los colgantes de corazones, ni las pulseras, ni las fotos, ni las cartas... Tal vez acabase aceptando su dicha sin darme cuenta.
Ya con las piernas cruzadas e investigando el contenido de
mi caja reparé en la cantidad de entradas de cine, museos, parques de atracciones y folletos varios que había metido ahí sin ton ni son. También caí en la cuenta de que tanto eso como las cartas y las notas en papel de cuaderno se estaban deteriorando. Acto seguido y como no tenía nada mejor que hacer saqué una carpeta con separadores de plástico y me dispuse a ordenarlos y guardarlos ahí para que no se rompieran mis recuerdos.
A cada hoja que pasaba se me acumulaban flashes de momentos atrás: visita guiada por el palacio real, noche de terror en el viejo caserón, mi catorce cumpleaños, cartas con Fabiola, otras de Roxane, dibujos de Cristal, alguna que otra nota de mi madre felicitándome año nuevo, mi cumpleaños o san valentín... Y lo que al fin movió mis entrañas... La carta que recibí el día de mi dieciocho cumpleaños y todo lo que supuso horas después:
Ese día, debía ser mi día, pero el alcohol y la tristeza pudo conmigo, así que les chafé la fiesta a mis amigos antes de tiempo. Pero ¡bah! mi borrachera se quedó en anécdota y punto. Lo que sí fue maravilloso fue el momento en el que iba vestida como una princesa, recorriendo la ciudad en busca de las pistas que me llevaban a mis amigos, mis niños. Todos ellos con rosas rosas en la mano, mis favoritas.
Me enternece recordar esas imágenes, las mejores de ese día. Por el contrario, al leer la última pista y clasificarla en la carpeta de plástico sentí dolor: "Por hombres que haya en tu vida, él siempre será el que más te ame...". Se refería a mi padre... Y al llegar de vuelta esa noche a casa, para el banquete, él me esperaba en la puerta con el vals de la bella durmiente sonando de fondo...
No podía ser de otra forma, pienso ahora.
Mi día, el día que "oficialmente" me hice "mujer", tenía que ser el día que cumpliese dieciocho, tenía que sentirme princesa por una noche, tenía que tener mil príncipes encantadores con sus trajes y rosas, pero sobre todo tenía que tener la gota de sangre que lo desbordara...
Dios, uno mismo o el destino es tan incierto como los otros dos. Y yo sigo negándome en rotundo a aceptar este rumbo... Con unas y con otros. Pero aún así, repito: no me siento con ánimos para cambiarlo... No ahora, tal vez
sí luego.
Y es que no puedo remediarlo... ¿Todas las personas que pasan por mi vida se merecen un lugar en mi memoria? ¿O debo ahogarlas en
mi caja hasta que quede anestesiada y acepte su dicha?
¿Cómo nombras a algo que te persigue toda la vida y que no puedes clasificar como recuerdo porque siempre seguirá presente? Algo, o alguien...
"El tiempo no perdona... Y ya nos hemos hecho mayores..."
.